Al-Andalus | Miguel Ríos

Aunque Al-Andalus (Polydor, 1977) es frecuentemente ignorado o catalogado como una obra de transición en la carrera de Miguel Ríos, tal vez sea precisamente en ese anonimato donde reside su fuerza. Entre los ecos difusos de La Huerta Atómica (1976) y los sonidos más directos que vendrían después, este álbum opera en una zona de exploración silenciosa. Su valor no está en lo ruidoso, sino en lo sugerente.

Lejos de adherirse por completo al naciente rock andaluz de bandas como Triana, Ríos traza su propia ruta. Sí, hay evocaciones árabes, pero también una fuerte conexión con el jazz y con una introspección que no pretende ser declaración, sino sensación. Las letras, compartidas en muchos casos con Antonio Mata Valero, y la colaboración de músicos de talla como Luis Fornés o Manglis, no buscan lo épico sino lo íntimo. En vez de seguir mirando hacia el “futuro progresivo”, Miguel decide mirar por la ventana de su ciudad natal, Granada, y hacia dentro de sí mismo.

¿Es un álbum menor? Quizás. Pero también es un refugio sonoro, un sitio en el que las pausas hablan más que los acordes grandilocuentes. Un disco sin ansiedad por gustar, con espacio para respirar. El oportunismo, si existió, se diluye en la sinceridad de su ejecución. Al-Andalus no gritó, pero dijo cosas.

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