El jueves 21 de agosto de 2025, la familia de Salvador Aguilar Hurtado —Xava Drago— comunicó en redes sociales que el cantante había partido. La noticia corrió de perfil en perfil con la contundencia de los hechos irrevocables. A los pocos minutos, Coda publicó una despedida a su compañero de cuatro décadas: “Xava nos dejas tu legado eterno. ¡Gracias hermano! Buen viaje”. El enunciado encapsula una historia mayor: la de un vocalista que marcó la lengua emocional de una generación y que, hasta sus últimos días, convirtió el escenario en un punto de encuentro.
La confirmación llegó después de meses dolorosos. En 2024, Xava fue diagnosticado con cáncer gástrico. Se sometió a una gastroectomía y a quimioterapias; hubo registros de afectaciones en pulmones e hígado. En marzo de 2025, el propio músico anunció que había superado la enfermedad; el alivio duró poco. En abril comunicó una recaída. El 9 de agosto, con una serenidad que conmovió a la comunidad rockera, informó que los tratamientos habían dejado de funcionar. Pocos días después dejó un texto que hoy resuena como una carta final: “Hoy mi vida ha llegado a su fin y solo me queda decir que la viví a mi manera, canté, ‘rocanrolié’, pero sobre todo gocé y amé cada instante maravilloso que construí”.
En la memoria de sus compañeros quedarán escenas de amistad y oficio. Toño Ruiz narró a Excélsior el primer golpe de la palabra que nadie quiere escuchar: “Creo que lo recibes como cualquier persona que se entera de que alguien que quieres tiene cáncer… no importa cuál sea. Solo escuchar la palabra ya prende todas las alertas”. Siguió con el natural impulso de los cercanos ante la desgracia: “Es durísimo. Lo primero que piensas es: ‘¿Cómo estás? ¿Qué sigue? ¿Qué podemos hacer?’ Y ahí empieza la lucha”. Chucho Esquivel puso el énfasis en la vulnerabilidad: “Te hace sentir minúsculo, frágil, impotente. No hay mucho rango de acción más que abrazarlo y estar ahí”.
Esas palabras no describen solo un proceso clínico, sino la forma en que una banda se mantiene unida cuando las luces se apagan. La amistad entre Xava, Toño y Chucho nació incluso antes de Coda. Ruiz lo recordó así: “Lo conocí cuando tenía como 17 años… Coincidimos en conciertos del under metalero, en lugares como El Forís Avelino. Un día vi a un morro brincando por todo el escenario y gritando como loco. Me impactó”. Esquivel lo había visto con Ultimátum: “Tenía unas mallas de leopardo, se veía rarísimo… pero cantaba con una potencia impresionante”. Esa suma de audacia y potencia derivó en una voz identificable desde el primer verso.
Coda irrumpió en los noventa como parte de esa camada que encontró en las baladas intensas y en las guitarras de filo un lenguaje propio. Con Xava al frente, el grupo llenó foros, giró por el país y soldó una comunidad fiel. La vida en grupo, contaron, tenía el tono de un eterno recreo. “Es como estar en un kínder”, bromeó Chucho. “Parecemos adolescentes eternos. Siempre estamos diciendo barrabasadas”. En el escenario, la complicidad era regla. Toño evocó el instante en que, en el Palacio de los Deportes, David tropezó con un monitor en la oscuridad, se prendieron las luces y el músico estaba en el suelo; se levantó como si nada. Ese humor sostuvo a la banda tanto como la música.
En paralelo al duelo, avanzaba un tributo pensado en vida: Eternamente Chava, convocado para el 25 de septiembre en La Maraka. La lista de invitados muestra el entramado de afectos construido por Xava: Salvador Moreno (La Castañeda), Cha (Fobia), Tony Méndez (Kerigma), Lalo Carrillo, Sergio Aguilar, Daniel Villarreal y Manuel Vázquez (Ágora), Mosy (Ritmo Peligroso), además de integrantes de Víctimas del Dr. Cerebro, Jaguares, Amantes de Lola y La Ley. El concierto había sido concebido para abrazarlo en presente; la cronología lo transforma en homenaje póstumo, aunque el sentido permanece: agradecer con música.
El mensaje de la familia, publicado junto a una fotografía del cantante, agradece a fans, médicos y amistades por haber caminado hombro con hombro en esta etapa. En su centro hay una idea sencilla: Xava amaba lo que hacía, con intensidad y pasión. Esa convicción explica por qué sus canciones acompañaron vidas, despedidas y celebraciones. Explica, también, por qué su nombre provoca un respeto inmediato en la escena.
Hay despedidas que no caben en un párrafo. La de Xava Drago se cuenta en plural, porque no se va solo: lo siguen las voces que encontró en cada ciudad, las manos alzadas, los coros que aprendieron a nombrar el amor y la pérdida. “Aprovecha lo que tienes”, dijo Toño al hablar de la entereza con la que su amigo encaró los días finales. En esa frase cabe la lección de un músico que, incluso frente al límite, eligió gratitud. El rock, por definición, detesta las despedidas; sin embargo, a veces necesita un segundo de silencio para tomar aire y volver a entrar. Ese segundo es hoy. Después, volverá el volumen.
