Briseño incendia el Teatro de la Ciudad con rock y blues insurrecto

El regreso de Guillermo Briseño al escenario no es un gesto ceremonial ni un guiño a la nostalgia. Es la confirmación de que el rock puede seguir siendo un grito insurrecto, una sacudida que rompe esquemas y abre grietas en la piel del tiempo. El domingo 30 de noviembre, a las 18:00 horas, el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris abrirá sus puertas para recibir al pianista, compositor y referente del rock mexicano en un concierto con entrada libre que anuncia un sismo sonoro.

Briseño llega a los 80 años con la misma furia y ternura que lo han distinguido desde los años setenta. Su piano se convierte en tambor de guerra y su voz en cuchillo de poesía. “Esto no es un homenaje y no me estoy despidiendo, simplemente sigo haciendo niveles al andamiaje…”, escribió como declaración previa al concierto. La frase, mitad poema y mitad manifiesto, resume el espíritu del evento: no hay despedida, sino continuidad, no hay clausura, sino incendio.

En el escenario estará acompañado por su banda: Ángel Rodríguez en el bajo, Gabriel Arango y Eduardo Vázquez en la batería, Felipe Antonio Souza y Leonardo Briseño en las guitarras. A ellos se sumarán las voces de las Sirenas y la participación de amigos entrañables que convertirán la velada en una celebración colectiva del rock como acto de resistencia.

El repertorio, se anticipa, será un banquete de blues crudo y feroz, de canciones que han marcado más de seis décadas de creación. Briseño no sólo interpreta, también interroga, descoloca y arrebata. Cada acorde funciona como declaración política y cada verso como puñalada lírica. Su música mantiene el pulso del país, con historias que atraviesan barrios, aulas, movimientos sociales y memorias personales.

La trayectoria de Briseño es una cartografía del rock mexicano en clave independiente. Desde Los Masters y Soul Force, junto a Javier Bátiz, hasta la experiencia funk con Cosa Nostra y la mentoría de Robert “Bumps” Blackwell, su carrera lo llevó por escenarios de Centroamérica y Estados Unidos. A finales de los setenta consolidó un camino propio con proyectos como Briseño, Carrasco y Flores, con quienes grabó Viaje al espacio visceral (1980), obra de culto en el progresivo nacional.

Durante los años ochenta, con el Séptimo Aire, Briseño se afianzó como figura central del rock de contenido social. Canciones como “Túnel 29” o “A Rodrigo (Un aplauso al corazón)” se convirtieron en testimonio de una generación marcada por tragedias y pérdidas. Su estilo, más cercano a la poesía cantada que a la búsqueda de hits radiales, le aseguró un lugar singular en la memoria cultural mexicana.

El músico ha sabido trascender los escenarios para construir espacios colectivos. La Escuela de Música del Rock a la Palabra, fundada en 2006, es prueba de su compromiso con nuevas generaciones. Allí, el rock se entiende como palabra encarnada, como vehículo de reflexión y creación. Esa misma visión se traslada a cada concierto, donde la música no se entrega como mercancía, sino como acto de libertad compartida.

El domingo 30 de noviembre, el Esperanza Iris será testigo de un concierto que no se piensa como despedida, sino como afirmación vital. Guillermo Briseño se planta en el escenario con 80 años de vida y 66 de trayectoria, con un piano que late y unas palabras que desafían. No es un homenaje ni una última función: es un terremoto de rock y blues indomable, un recordatorio de que la música puede seguir siendo insurrección.

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