Felipe Staiti murió este lunes en Mendoza. La noticia confirmó el final de un proceso de salud delicado que se había agudizado en los últimos meses y que lo mantuvo internado en el Hospital Italiano de esa provincia. Tenía 64 años.
La dimensión del hecho no se agota en una ficha biográfica. Staiti era el guitarrista fundador de Enanitos Verdes y, desde septiembre de 2022, también el hombre que había quedado al frente de una banda herida por la muerte de Marciano Cantero. Su papel ya no era sólo musical. También era simbólico.
El deterioro venía de atrás. A fines de 2024, después de una gira latinoamericana por los 40 años del primer disco del grupo, sufrió una infección bacteriana en México. Esa infección, combinada con su condición de celíaco, desató una crisis de deshidratación profunda. Perdió 15 kilos y debió pasar cerca de un mes internado.
En una entrevista de 2025, él mismo habló de aquella etapa como una “reseteada” física. La frase tenía algo de humor y algo de diagnóstico brutal. No hablaba un músico en pausa. Hablaba alguien que había entendido que el cuerpo ya estaba cobrando una factura larga.
La historia de Staiti con Enanitos Verdes empezó en Mendoza, en 1979. Junto con Marciano Cantero y Daniel Piccolo formó un trío que salió de la periferia de la industria argentina para abrirse paso con una mezcla de melodía, nervio rockero y un oído claro para la canción popular.
El grupo encontró un punto de quiebre en 1984, cuando fue reconocido en el Festival de La Falda. Ese impulso lo proyectó a una escena mayor y abrió la ruta para una carrera que después tomaría tamaño continental. Mendoza ya no era sólo origen. También era marca de identidad.
En esa historia, Staiti fue más que un acompañante. Su guitarra ayudó a fijar el tono emocional del grupo. No ocupaba el lugar del frontman clásico ni el del virtuoso que devora la canción. Su toque trabajaba para el himno, para el coro, para esa clase de tema que entra por la radio y se queda décadas. Esa es una forma más rara de autoridad.
Por eso su figura quedó pegada a una serie de canciones que terminaron por desbordar a la banda. “La muralla verde” empujó la consolidación regional del grupo en los años ochenta. “Lamento boliviano”, ya en los noventa, lo colocó en un nivel de circulación masiva que lo volvió insorteable en cualquier mapa del rock en español.
La muerte de Cantero en 2022 rompió el centro afectivo y vocal de Enanitos Verdes. Desde entonces, Staiti cargó con una tarea que tenía algo de relevo y algo de duelo permanente: sostener la continuidad sin fingir que nada había cambiado. Ese gesto explica buena parte del respeto que despertó en los últimos años.
La muerte de Felipe Staiti pega en una zona precisa de la memoria latinoamericana. Enanitos Verdes pertenece a esa franja de bandas que conectaron la expansión industrial del rock en español con una intimidad popular que sobrevivió a modas, relevos generacionales y plataformas. Sus canciones pasaron del vinilo al streaming sin perder calle.
Staiti encarnaba esa persistencia. No era el personaje más estridente del circuito. Era otra cosa: un músico de estructura, un sobreviviente de escena, un tipo que siguió de pie cuando el relato ya se había quebrado dos veces, primero por la erosión del tiempo y después por la muerte del compañero con el que había empezado todo.
Su muerte deja a Enanitos Verdes sin su último fundador activo. También deja una imagen dura para el rock iberoamericano: la de una generación que construyó repertorio continental y que ahora entra, cada vez con más frecuencia, en el territorio de la despedida. No se trata sólo de nostalgia. Se trata de herencia.
Felipe Staiti no fue un músico lateral. Fue una de las manos que ayudaron a levantar un muro sonoro que sigue en pie en estadios, bares, fiestas, radios y memorias domésticas. A veces la historia del rock no se cae cuando muere una voz. Se resquebraja cuando se apaga la guitarra que la sostuvo durante década

