Los Gatos Salvajes, 50 años de Rock Argentino

 
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Al cumplirse 50 años del primer disco de Los Gatos Salvajes, grupo fundacional del rock argentino, Litto Nebbia escribió un largo artículuo en el diario . Reproducimos el texto íntegro:

Entré a los Wild Cats por una prueba. Así empezó todo. Era muy charlatán y parecía que tenía 40 años. Pero era un flaquito de 15. Estábamos en 1964 y al cantante de la banda, que tenía 20, le tocaba la colimba. Entonces iban a necesitar a otro. En esa época, la diferencia generacional era más brava que ahora. Un tipo de 20 lo miraba a uno de 15 como a un insecto. Y yo era eso: un gusanito de voz aguda.

A los 10 o a los 12 años ya inventaba canciones. Digo “inventaba” porque era eso. Después empecé a estudiar música. Pero eso era “inventar”. Rosario tenía esa cosa de submundo del arte, de los libros, las películas, el canje. En el puerto teníamos unos amigos que se quedaban un par de días y que traían discos simples de afuera y nososotros se los cambiábamos por cigarrillos. A veces llegaban marineros que los habían comprado 10 días antes por Europa, y los vendían. Así teníamos los discos de Manfred Mann, del Spencer Davis Group o The Zombies. Los legendarios 33 simple.

Yo venía de padres músicos. Los dos eran muy obsesivos, por eso me daban tanta máquina. Hasta me dejaron abandonar la escuela para que me dedicara a la música. “¿Por qué voy a ir a la escuela, Martha, si no voy a trabajar de eso?”, le dije a mi mamá. “Tenés razón, no vayas más…”. Un marciano, mi vieja. Escuchábamos de todo. Mi vieja era concertista de piano, pero era una enloquecida por la música popular. Por eso empezó a tocar la guitarra también. A los 19 años estuvo en la primera orquesta de tango de minas, una agrupación de 14 mujeres que se llamaba Orquesta Típica de Señoritas Los Colonos, por el nombre del bar donde tocaban. Quedaba en un lugar muy pezzutti, en Sunchales. Te diría que había un exceso de bohemia.

Mi viejo, Félix Ocampo, fue el primer cantante melódico que hubo en el país, creador de muchos boleros hermosos que hoy día son populares internacionalmente por Luis Miguel. En ese época había mucho laburo en la noche. Una vida nocturna infernal. Mi viejo cantaba en el bar El Cairo. Ahí, desde las cuatro de la tarde hasta las seis de la mañana, había música en vivo. Eran orquestas estables de 15 o 20 músicos. Eso pasaba en Rosario.

Mis viejos pertenecían a ese ambiente y yo salía con ellos. Capaz que tenía 12 años y estaba en una boite a la tres de la mañana con unas ojeras que parecía el Coyote. Nos moríamos de hambre todo el tiempo, pero con gusto: no tengo ningún recuerdo de orfandad. Vivíamos en una pieza con baño compartido. Así hasta que me fue bien con Los Gatos y los traje a Buenos Aires. Mi vieja hacía unos inventos de dividir la pieza con un ropero y con un calentador a querosene nos hacía la comida, la leche… así vivíamos.
Pero no tengo ningún recuerdo malo porque era una vida tan llena de arte…todo el día hablando de cine, de música. Era una cosa de ilusión, de sueños, que cubría todo. Mi viejo, además, era “burrero”, perdía lo que no tenía. Teníamos problemas económicos, pero tampoco era la guerra de Afganistán. Yo era muy compañero de los dos, pero más que nada de mi vieja. Mi vieja sabía como cantaba John Lennon, qué escribía Paul Mc Cartney, cómo tocaba el piano Neil Sedaka… Por eso, un marciano.

Mi primera guitarra me la regaló un panadero que estudiaba canto con mi padre, cuando se compró una de concierto. Mi vieja era pianista, pero no teníamos piano y para tocar yo me iba a la casa de alguien que me dejara tocar una hora. Tocadiscos tampoco teníamos. Yo juntaba unas moneditas y alquilaba por diez pesos una cabinita que había en un disquería, donde podía escuchar los discos que yo eligiera. Solo una hora.

A los 12 años ya escribía letras en un cuadernito. Y creaba melodías muy abiertas. Tenía un ejercicio con la música de películas. Veíamos muchas películas por semana, en unos cines en los que entraban sólo hombres, exceptuando a mi vieja, claro. Tres cines que son historia y ya no existen. El San Martín, el Belgrano y el Sol de Mayo. Podías fumar, tomar alcohol y cualquier cosa allí… Veíamos el mejor cine de los años ‘50 y ‘60: western, thriller, cine negro… Aproximadamente, 12 películas por semana. Esas películas tenían excelentes compositores de música. De eso conozco un pilón. Para grabar ponían la mejor orquesta de 80 profesores. Yo salía del cine y me sabía el leit motiv de la película. Mi viejo me desafiaba: “¿A que no te acordás la melodía de la segunda película?”. Y yo se la tarareaba perfecta. Entonces la vez siguiente me decía: “Ya sé que la sabés. Ahora hacela con algunos arreglos”. Y yo lo hacía: le metía los contrapuntos, como si los hiciera un chelo, ponele. Mientras, escribía canciones bien simples, con letras en castellano, muy sencillas. Era el comienzo de un proyecto que se fue sofisticando.

Soy “Litto” desde los 3 años. Fue un invento de mi vieja, porque me llamo Félix y fue quedando Litto como un diminutivo. Cuando era chico tenía muy marcado el tema de la cosa tana, y cuando anotaba mi nombre en algún disquito le ponía así, Litto. Visualmente me convencía que hubiera dos T y dos B.

Cuando hice una prueba con Los Gatos Salvajes (que se llamaban Wild Cats), primero me rechazaron. Me hicieron cantar dos canciones de su repertorio. Yo lo conocía de ir abajo del escenario y aplaudir. El cantante tenía una voz tirando a Elvis Presley y yo cantaba como Brian Wilson o The Beatles, agudo y haciendo falsetes. No había mucha gente que cantara así, era raro. Así que en esos temas medio Presley, con mi vocecita quedaba como un payasito.

Entonces les ofrecí cantar un par de canciones mías. Me pasaron la guitarra, y les mostré dos (creo que Eres Mala y Por qué mi amor) con mi tesitura. Les pareció bárbaro, pero a los tres días el baterista me llamó a la pensión y me dijo: “Seguí adelante, tenés muchas condiciones”. Como le dicen ahora a los que van a la tele cuando pierden: “Tenés mucho carisma”, que quiere decir que no vas a pasar.

Yo creo que les dio miedo porque les pareció que era muy chico. Y la verdad es que yo era un chiquito. Entonces pusieron un cantante en la misma onda, esa mano Presley. Pero parece que no anduvo bien, y al mes me llamaron de nuevo. Y ahí entré. Empecé a llevar mis canciones. Y de pronto teníamos un repertorio con diez temas míos. Y pasamos el nombre del grupo al castellano: Los Gatos Salvajes. Me animo a decir que era un formato más personal que cualquier música que había en la Argentina en ese momento.

Entonces dijimos: “Hay que ir a Capital”. En Rosario tocábamos en muchos bailes, no se usaban grabaciones, se bailaba con música en vivo. Pronto nos convertimos en los más junados y decidimos venir a probar suerte. Nos vinimos en un remís a hacer una prueba. En el baúl teníamos el equipo, las guitarras, el bombo de la batería… imagínense el calibre de los instrumentos.

La prueba fue en Canal 13, en el programa Escala Musical. Había cuatro chabones ahí sentados y tenías que tocarles dos canciones. Y decidían quiénes iban a estar la semana siguiente. Hay que reconocer que eran precursores, porque buscaban valores nuevos, gente del interior. Por eso a los primeros que contrataron fueron a Los Gatos Salvajes, y a los dos meses a Los Shakers.

El primer mes íbamos y veníamos. Tocábamos en cuatro o cinco bailes, viernes y sábado. Luego un par de programitas de radio y el domingo íbamos al Canal 13. Hacíamos una o dos canciones en el programa y de ahí nos tomábamos el ómnibus a Rosario. Yo el lunes iba otra vez al colegio y cada uno a su trabajo. Nos sentíamos como si nos hubieran contratado de Nueva York. Y era eso.

Imaginate cuando en un momento nos ofrecen un contrato de nueve meses. 40 mil pesos por mes y comida para todos. Vivir en un hotel de Avenida de Mayo al 800, el hotel La Argentina, que todavía existe. Dormíamos todos en una pieza y nos dejaban ensayar a la hora de la siesta en el restaurante. Lo que nos pagaban alcanzaba para cigarrillos y para chupar algo, y teníamos que tocar en todos los lugares donde ellos decían.Pero nos sentíamos muy felices. Hacíamos nuestra vida.

En esos nueve meses salió que grabáramos un disco. El único álbum de Los Gatos Salvajes, que se publicó el 27 de junio de 1965. Pero enseguida el grupo se separó, porque Escala Musical quebró y no sabíamos adónde tocar. El disco no tuvo repercusión; nada en comparación con el suceso posterior de Los Gatos, con el que vendimos 300 mil copias. Nos separamos y con Ciro Fogliatta, el organista, nos quedamos en Buenos Aires, viviendo un año y medio como pudimos, hasta que armamos Los Gatos.

Con Los Salvajes no llegamos a ser famosos, aunque estuviéramos en la tele. Después, con Los Gatos a cada lugar que íbamos nos esperaban 8 mil o 10 mil personas. Los Salvajes tenían un grupo de seguidores. Yo creo que éramos de avanzada, un grupo para quienes estaban en la cosa.

Una mañana en el canal se nos acercaron unos pibes para sacarse unas fotos. Era el Flaco Spinetta, con un grupito que tenía y cantaba en inglés, Los Larkins. El también decía que había que cantar en castellano…

¿Por qué Los Gatos Salvajes no tuvieron el éxito que después tuvieron Los Gatos?
Creo que se fue acumulando una necesidad generacional a partir de tanta represión e hipocresía. Ser joven en esa época era un problema tremendo. Te trataba mal todo el mundo. No sólo los policías o los militares. La gente por la calle también. Hoy el pelo largo es una coquetería. Pero en esa época pasabas por un negocio y salían y te tiraban con cosas. Cuando le cuento estas cosas a mi hija le cuesta creerlas.

Los Gatos Salvajes tuvieron las primeras letras en español del rock en Argentina. Hicieron historia, pero se anticiparon a su tiempo. Llegaron cuando no era el momento. Poco tiempo después se dio vuelta todo. En 1964, cuando arrancamos con Los Gatos Salvajes, había otra armonía. Pero pronto el mundo ya estaba en otra sintonía y coincidió con el tiempo de Los Gatos y La Balsa (1967). Entonces empezó una historia muy diferente.

Hoy cuando pienso en el pibe que fui, soy consciente de que hubo para mí un destino de privilegio, pero que a la vez no fue algo que sencillamente vino hacia mí, sino que luché mucho para lograrlo.

Después nunca cambié de dirección. Siempre fui un cabeza dura muy fuerte. Un convencido de mis ideas. Y lo vivo con orgullo.

Litto Nebbia