Guillermo Briseño
I
Pancho aprende, diría Neruda, en la universidad del oleaje. Pule su arena, sus cuentas. Y uno mete la mano y saca –sin querer casi- pequeñas o mayores formaciones: figuras que son detalles del todo de él, de Pancho; pero uno, el que lee y mete la mano siente ganas de cerrar los ojos e imaginar otras colonias de figuras como un coral inagotable, otro país por ejemplo. Si no para qué estar en guardia. Hay que cuidarse del amor, cuidarse de la poesía y del gobierno. Y de Pancho, quien deja escurrir que cada quien pone a dios en donde gusta o donde no gusta. Pero que de Segovia es alumno en la universidad del oleaje, no hay duda, por ello no usa comas, usa puntos interminables, dobles, suspensivos, como el mar. Como en el mar donde no hay pausa, sólo intensidades y en donde según descubrieron los cubanos hermanos Rigual la vida es más sabrosa.
Bien, pero a medida que voy leyendo Partidas se me aclara que a Pancho no le amarraron las manos de chiquito, por eso escribe así:
La sombra que interrumpe el espejo
de la luz entre las hojas
es un hombre vivo.
Y luego dice:
Confiamos nuestra vida a estos indicios
y en todo vemos hombres vivos
por no mirarnos muertos.
Me hace recordar que en una canción digo:
Estando muerto es más fácil
encontrar lo que me gusta
nada más me quedo quieto
y todo mundo se asusta
En el fondo de la universidad incansable en que Pancho estudia, se gana el derecho a acertar, aún cuando se equivoque pensando que un muerto no puede celebrar librarse de la tragedia de estar vivo.
Alrededor de la liebre que cazaron los perros
revolotean los zopilotes y las moscas:
habrá repartición…
Hay quien vino aquí buscando la justicia
y hay quien vino huyendo de ella…
A cada quien su tajada.
Pancho aprende a ir y venir con ternura y con violencia y cuenta sus cuentas y cuenta su cuento. Cuenta sílabas, acentos, hemistiquios, distancias, latidos y litros de sangre de la tierra en que nació.
Pero había ese arroyo que el verano
desenredó de entre las peñas
y soltó barranca abajo.
Más bruma que agua en su caída
Más brisa sin la brida de los vientos
antes de llegar al valle ya
con paso manso.
Había ese arroyo
entrando a la paciencia de los llanos.
Francisco Segovia aprende para estar de guardia, para no perder detalle conservando el incesante movimiento.
Los jóvenes marchan
pendientes sólo de llegar
¿a dónde?
Los demás vamos mirando
si pisamos tierra firme
y se divisa el horizonte.
No vaya a ser
que hayamos llegado al fin
sin habernos dado cuenta.
Partidas es un manual de salidas de adentro de uno para ver al otro, a los otros, a los árboles, a los abismos. Qué otra cosa nos puede resultar una bitácora de alguien que está en guerra contra la guerra, que está de guardia bamboleándose como un péndulo que nos informa e interpela: ¿Qué no ven que los tratan, que nos tratan como imbéciles? ¿Se dan cuenta que hay partidas hacia otros lares, partidas de juegos de azar y soberanas partidas de madre? ¿Estamos hartos, preparados, organizados para partir hacia otro rumbo? ¿Cómo es estar mejor?
Pancho se mece y pule sus cuentas y nosotros qué cuentas nos hacemos de tan lejos estando tan cerca, tan adentro de esta tierra roja. Uno mete la mano y saca una, otra, ¿viste qué blanco el blanco? ¿qué duras espinas? ¿qué redonda? Y yo buscando sílabas para mi palabra, silencios para masticar mientras pasa lo que pasa. Yo creo que Pancho está arrullando su propia pesadilla y no puedo dejar de leerla y la subrayo. Tomo lo que puedo y lo que quiero aunque no quiera y voy recogiendo perlas, adjetivos y otras joyas.
De tu tierra cogimos este odio al viento
que rueda de las faldas de la sierra.
Porque hace temblar los fustes del maíz
como el pulso de la sangre hacía temblar aún
el bieldo que dejaste en el vientre de tu hermana.
Y meto la mano en la página que sigue y en el cuenco queda:
Mejor suban otro poco
Aquí las aguas enloquecen
apenas sienten un cuerpo.
Y hay más en el fondo:
Escucho el susurro de mis sueños
insustancial inadjetivo
y su verbo de piedra exhumada
en los bordes de un país
cuya lengua se emborrona.
Como un gambusino dejo correr los versos entre mis dedos y miro:
La quietud sólo si no queda más remedio.
La inmovilidad sólo si no hay más.
Pero prefiere el bamboleo
en que discuerdan una y otra rama
el swing levemente disparejo
de dos hojas
Y a ese ritmo tiende su telaraña.
En un temblor así
se finca aún nuestra esperanza.
Estos versos son confesión y manifiesto. Quién prefiere, quién se bambolea y teje su red con esperanza de qué. ¿Será este libro su epopeya?
Sostengo lo dicho y sigo leyendo, miro las cuentas, las repaso y continúo. Siento mis latidos como una campana y subrayo, como ya dije, aunque no quiera.
II
Regreso de cantar y leo:
cuando cantamos
parece que imprecamos.
Entrecierro los ojos y escribo: Pancho navegante, Pancho exiliado, Pancho conquistador y Pancho pueblo vencido, interrumpido, Pancho sublevación que así: Panchamente se mece imparable y talla, quita sobrantes, y pregunta:
Padre sol
ahora que también soy viejo yo
dime: ¿tú confías? ¿Tú
que también te morirás de frío
un día sin día?
Paseo mis dedos por el fondo y me sobresalta otra piedra, y como si la mano fuera planta carnívora la atrapa.
El agua del estanque que el ocaso
fue volviendo oscura y hosca
siente ya cómo la luna le devuelve
el vaho iridiscente
de su antigua santidad.
III
Acto seguido, el vaivén adormece al poeta y se descubre sonámbulo. Porque de que fue a Marte no hay duda sólo que hasta ahora lo cuenta, meciéndose puliendo rocas.
Aquí todo está de pie o tumbado
en una fijeza terminal de abscisas y ordenadas.
¿O será que en una Comala roja y doblemente muerta estamos todos y si alguien no para allá va?
Dice Segovia: Hemos llegado demasiado tarde.
¿Habrá regreso? ¿seguimos adelante? ¿Será fácil para Marte estar tan muerto?
Nosotros somos vestigios ¿quiénes serían ellos? Háblame sonámbulo, te estoy leyendo con la mano en el agua.
Pancho habló y su voz lo despertó, o al menos eso pensé porque cantó Lucy in the sky… y dijo: the girl with caleidoscope eyes.
Sé que bastan los acentos
de un ritmo simple
para tener a raya la entropía
y despertar a la mañana
todavía en un mundo.
Partidas es un diccionario grano por grano, registro de lo que el oleaje trae: la precipitación de la materia que conforma el lenguaje y el nombre de las cosas conocidas y de las que vendrán.
… en esta arenisca parda
que se va depositando en la saliva
como un tascalate espeso
y ahoga nuestra lengua.
Como si se hablara de ella o para ella mi mano encuentra una piedra espejo.
No se pisa ni muy fuerte ni muy lejos
en esta tierra olvidadiza.
Hay piedras espejo piedras espada estrella muerte soledad piedras palabra; versos cristal afilado:
La soledad camina en círculos
y vuelve siempre aquí.
El poeta se mece de acá para allá porque el mar lo lleva. –Hay que saber no estorbarle al mar. La universidad del oleaje puede causar naufragios. Pero este poeta aprende, sobrevive, se amotina.
En Marte no somos marineros
somos conjurados.
Y sigue trabajando un ir y venir de luces que le hacen ver más adentro de las rocas y las conchas, adentro de las botellas lanzadas desde cualquier esperanza. Aunque tenga que confiar en la aguja para saber dónde está el norte.
En la cañada más honda se acumulan
lagunas de oxígeno azules
Vamos allá cada verano
a respirar sin escafandra…
El lector recibe los trozos de vidrio redondeados, nobles a la vista y al tacto, pero cada uno con un S. O. S. distinto en su pulida alma de cristal de silicio, un microchip escrito.
El pasado es este lugar:
hasta donde alcanza la vista.
Atrapados adentro del cuarzo de la extinción Pancho nos mira, nos pone a un lado y escribe:
No nos ocupa la vida humana
¿Conocen ustedes a alguien que le interese? Por su parte, el poeta Segovia cuando se vio en Marte supo que había que reiniciarla desde sus primeros musgos. Tal vez crezca sin codicia, sin brutalidad y estupidez.
Hoy lo creo todo casi ciegamente.
Que las constelaciones por ejemplo
son tatuaje y cicatriz del cosmos
como el cuerpo es cicatriz del nacimiento
de algo que no nos cabe en el cuerpo.
Arando el fondo con los dedos, me quedé con esa piedra, es una canica ¿o será otro microchip?
Y luego ésta con luz por dentro:
¿Has soñado tu también ese planeta
sin brillo reflejado iluminado
desde dentro? No un planeta sol:
un planeta luciérnaga o cocuyo…
Y sus habitantes
no dejaban caer su sombra al suelo.
La lanzaban a lo alto para dar
su oscuridad al cosmos.
Partidas es luna que la fricción pulió.
Esta marcha
que nunca llega a puerto y no termina
y recorre sin fin un desierto sin orillas
una sabana pensativa sin sendas sin atajos
una marcha
sobre la roca viva.
Posa frente a ese espejo una multitud de habitantes calcáreos y basálticos, carbónicos, silícicos; materiales que pueden formar los huesos de las palabras.
Soné el sueño de todos:
que me soñaba el espejo.
Y enfrente de él, no sé si mirándose:
Hoy recogimos unas muestras áridas del llano
deshidratadas y porosas como piedra pómez.
Pálidos guijarros revolcados
en un polvo seco como el zinc
Las cascamos ahí mismo y sentimos en el cuerpo
una emoción que empañó el cristal de los visores
en su centro había un rojo palpitante
casi fluido.
Segovia frota piedras y granos con tacto de escultor, su imaginación se mueve y sabe que el mar nos mueve. El artista es preciso para obtener materia del movimiento y lo aprovecha para su orfebrería:
Nada –dicen- decide solo su existencia
Las cosas en el cosmos son
y no son al mismo tiempo
hasta que alguien las palpa las ve las mide.
La oscilación continua hace del poeta parte del movimiento íntimo de la materia, y no porque no lo fuera antes de ser poeta, sino porque ahora lo hace como observador con ojos y oídos que son y no son. Y palmea y taconea versos que son aunque no sean.
Los vestigios que hoy hallamos en los llanos
eran reales ayer y eran irreales.
Al mirarlos los hicimos. Al tocarlos
-dicen- inclinamos la balanza
de las probabilidades.
Hicimos sólida la bruma.
La realidad cuajó.
Como observador –dije-, y para observar, la física de la inexistencia que de tan profunda estalla en una partícula que es onda. O la química de lo nacido de la inquietud de la materia y su acopio de afinidades desde el momento en que esa materia dejo de no ser, hasta hoy en que sin ella no estaríamos aquí. Ni siquiera seríamos.
Pancho estudia ciencias en la escuela descubierta por Neruda:
Lo que se tiende inerte en el suelo
no es dióxido de carbono:
es anhídrido carbónico.
El muñón de un ácido
al que le han extirpado el agua
y ahora vegeta entre nosotros invisible
como un fantasma venenoso.
Y a pesar de ello, este libro nos sobresalta o alegra, según sea o no sea, sístole y diástole, noche y día.
Juro que vimos
surgir del polvo un instante
el fantasma del agua.
Lo jura. ¿No será que no vio nada? Pancho como Galileo no vieron nada y juran que sí, algo saben por dentro:
Buscábamos ser en estas playas
el mensajero asesinado.
Pero nadie salió nunca a recibirnos.
Será que no se trata de si eres o no, sino si ¿eres o te haces?
Paso la hoja y habla la posdata ¿despedida o bienvenida? Leo:
¿Quién no hubiera querido un mundo así
de cosas que no pasan sólo son
la interjección de su presencia?
Un mundo de leyes sin gerundio
donde el polvo siempre es polvo
nunca el epitelio caedizo de una piel envejeciente
ni el largo desmoronamiento de una peña…
El libro me excita y la desesperación, la urgencia, hacen que busque y encuentre:
El amor no nos echa del mundo: nos echa al mundo.
Francisco Segovia, hijo del amor por la razón que profesaron sus mayores. Padre de Luisa, amante de su amada, dice del amor que:
… da hilo a las cuentas ilación al cuento
Y yo digo Pancho: me estás contando un cuento o tu vida o la mía. O a fin de cuentas qué: ¿ya nos fuimos todos al carajo?
No me asombra o sí, que uses dientes de biólogo y le arranques las palabras todavía sésiles a las conchas y las brácteas a los tallos de nuestra tragedia como especie: Y todo entre las equis y las yes, en un plano que de tan plano muere y canta en silencio su muerte. Levanto mi exorcismo haciendo el ruido que puedo, ronzando con las muelas del piano este tema crujiente.
La pluma del autor es un osciloscopio que responde al tableteo de monosílabos disparados a mansalva: Tú tú tú tú No no no no y, ante todos los muertos untados por la centrífuga al suelo del cadáver planetario, avisa:
En las tardes febriles aún sentimos
el anhelo diminuto rebullendo carne adentro
Y en la garganta del movedizo escritor, el trago amargo:
… no acudiste…
… no viniste…
¿A quién reclama e invoca? ¿A la inteligencia? ¿A la intuición? A quién le canta
… esta lerda y larga sobremesa
que no dispersa a los amigos: los ata y los hermana
con el lazo silencioso del hastío.
En los arrecifes de ideas largas, colonias de hemistiquios que forman el final de la obra Partidas, Pancho Segovia reconoce que la sed es de un nosotros que habremos de encontrar, descubrir:
Qué no daríamos nosotros hoy
por el bien humilde de sentar el vino a la mesa
y dejarnos mecer por el vaivén de las palabras
como un huerto de algas submarinas
Razón, amor, lenguaje, vaivén. Todo tenemos y todo daríamos
Por sanar el pan y sentir de nuevo
la emoción salvaje de sentir sobre la piel
la brisa del ventalle de los cedros…
… y cómo el cuerpo
por soltarse él también a ondear en ese gozo
opone resistencia y hace frente
IV
Recojo en mi aliento las piedras y peñas pulidas y releo en El Mar de Pablo Neruda:
… el hecho es que hasta cuando estoy dormido
de algún modo magnético circulo
en la universidad del oleaje.
Salgo de cara a la playa roja. Sobre su falda ofrece una botella rota y deja escapar un mapa de nombre Epigrafiario muy tocado por los dedos de quien lo trazó; la singladura va de los Vedas al Abate Marchena pasando entre Cuco Sánchez y René Char… Como en los viejos tiempos, cuando todo era agua.
Coda:
Sólo agrego que no olvido, Pancho, la perra roja que sacaba piedras del fondo del agua y a mí rescatando de un zarpazo una perrita con cara de ideograma caído ahí mismo. En eso pensé al terminar Partidas.
Guillermo Briseño
16 de octubre de 2012







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